El periodismo profundiza la llaga sobre el Mundial que se disputó en nuestro país y fue ganado por el equipo nacional en una final intensa definida en tiempo suplementario.
Habría que entender que los desaparecidos fueron responsabilidad única de un gobierno ilegitimo, represor y asesino.
Los jóvenes futbolistas sólo se encargaron de plasmar el sueño de cualquiera que haya soñado alguna vez con defender los colores patrios en el evento deportivo más importante y sagrado del mundo.
Ni siquiera treinta años después se pudieron determinar ciertas cosas de esa época pero, no obstante, se pretende caer sobre los miembros del equipo como iconos de la dictadura militar.
¡Sí fueron utilizados! Para asegurarse unos años más. ¡Sí fueron usados! Para darle alegría a la gente e intentar abstraerla de la realidad que se estaba dando a sus espaldas.
Treinta mil desaparecidos fue el saldo del período más negro en la historia política del país, pero vale aclarar que los jugadores no festejaban con Videla ni victoreaban a los milicos como Muñoz.
Fillol, Olguín, Villa, Kempes o Houseman cumplieron el sueño de todo deportista y por qué no, de todo futbolero de alma.
Quizá pueda prejuzgarse su ignorancia y su falta de interés por el movimiento de facto pero la gran mayoría del pueblo argentino también lo hizo. Quitarle valor a un título de esta magnitud es menoscabar un intenso trabajo físico y táctico en pos de un logro deportivo.
¡Qué decir del ´82! Ahí se vivió una guerra abierta pero el fracaso tapó la incongruencia de la presencia.
¡Qué decir de los Juegos Olímpicos que se vienen! ¿Se festejará el oro que consiga Batista o se criticará a los jugadores por apoyar las políticas en el Tibet?
¡Qué hablar de EE.UU.! ¿Todos los títulos logrados en una nación que fomenta el terrorismo de estado deberían dejarse sin efecto?
Los años entre 1976 y 1983 deberían quedar gravados a fuego en todos nosotros, en los viejos, en los jóvenes y en los más chicos. Todos deberíamos, con sufrimiento, aprender de ese momento y hacer lo imposible porque no vuelva a suceder ni acá ni en ningún lado.
Pero al fútbol lo usan todos los políticos y la dignidad del jugador no debería objetarse por ello.
Habría que entender que los desaparecidos fueron responsabilidad única de un gobierno ilegitimo, represor y asesino.
Los jóvenes futbolistas sólo se encargaron de plasmar el sueño de cualquiera que haya soñado alguna vez con defender los colores patrios en el evento deportivo más importante y sagrado del mundo.
Ni siquiera treinta años después se pudieron determinar ciertas cosas de esa época pero, no obstante, se pretende caer sobre los miembros del equipo como iconos de la dictadura militar.
¡Sí fueron utilizados! Para asegurarse unos años más. ¡Sí fueron usados! Para darle alegría a la gente e intentar abstraerla de la realidad que se estaba dando a sus espaldas.
Treinta mil desaparecidos fue el saldo del período más negro en la historia política del país, pero vale aclarar que los jugadores no festejaban con Videla ni victoreaban a los milicos como Muñoz.
Fillol, Olguín, Villa, Kempes o Houseman cumplieron el sueño de todo deportista y por qué no, de todo futbolero de alma.
Quizá pueda prejuzgarse su ignorancia y su falta de interés por el movimiento de facto pero la gran mayoría del pueblo argentino también lo hizo. Quitarle valor a un título de esta magnitud es menoscabar un intenso trabajo físico y táctico en pos de un logro deportivo.
¡Qué decir del ´82! Ahí se vivió una guerra abierta pero el fracaso tapó la incongruencia de la presencia.
¡Qué decir de los Juegos Olímpicos que se vienen! ¿Se festejará el oro que consiga Batista o se criticará a los jugadores por apoyar las políticas en el Tibet?
¡Qué hablar de EE.UU.! ¿Todos los títulos logrados en una nación que fomenta el terrorismo de estado deberían dejarse sin efecto?
Los años entre 1976 y 1983 deberían quedar gravados a fuego en todos nosotros, en los viejos, en los jóvenes y en los más chicos. Todos deberíamos, con sufrimiento, aprender de ese momento y hacer lo imposible porque no vuelva a suceder ni acá ni en ningún lado.
Pero al fútbol lo usan todos los políticos y la dignidad del jugador no debería objetarse por ello.