Sólo en la Argentina convive un Gobierno soberbio y un sector agrario insolente, sólo acá uno de los entrenadores más exitoso del último tiempo es cuestionado luego de ser campeón y ser el líder de una destacada participación en una Copa Internacional.
Exclusivamente en este hermoso país, una institución como Boca no le renueva contrato a un técnico que lo coronó campeón de América por perder un partido con el Milán pero mantiene en su cargo a un “actor de reparto” al que algún futbolista que cree ser dueño del vestuario le arma el equipo.
Sólo en este suelo fértil, hinchas o personas que se creen tener esa cualidad, insultan y arrojan maíz a un equipo que, quince días después, aplauden a rabiar por haberse consagrado campeón.
Una cultura sindicalista que no sabe negociar, una etnia futbolera que descarga sus frustraciones personales en un grupo de trabajadores que a veces se creen dioses.
Esta mezcla casi exacta de intolerancia, viveza criolla, falta de compromiso y egoísmo son los pilares de una Argentina insólita desde cualquier punto desde donde se la mire y el lastre con el que hay que convivir e impide configurar una nación digna. En la cual no se produzcan alimentos para el mundo mientras mueren chicos de hambre. Donde la hipocresía le dé paso a la solidaridad pura, donde se pida perdón de corazón evitando populismos insensatos.
Un país en el cual tenga un poco más de valor el ajeno, el colega, el amigo y el pariente. Donde la cultura del “sálvese quien pueda” le dé paso a un altruismo social que no mire el precio de la soja.
No será difícil cuando el cambio empiece individualmente, en las pequeñas cosas. Cuando los integrantes de un conjunto comienzan a creerse unidos, los resultados aparecen solos.
Pasa en el fútbol. Pasa en la vida.
No es complicado imaginar respetar las filas y evitar el amiguismo para escapar a trámites o evitar putear a un rival en detrimento de alentar a un compañero.
Esa será la semilla de la evolución de una sociedad que pierde por goleada y deja escapar, en forma accidental o intencional, la posibilidad de crecer en serio, al margen de superávits importantes.
Exclusivamente en este hermoso país, una institución como Boca no le renueva contrato a un técnico que lo coronó campeón de América por perder un partido con el Milán pero mantiene en su cargo a un “actor de reparto” al que algún futbolista que cree ser dueño del vestuario le arma el equipo.
Sólo en este suelo fértil, hinchas o personas que se creen tener esa cualidad, insultan y arrojan maíz a un equipo que, quince días después, aplauden a rabiar por haberse consagrado campeón.
Una cultura sindicalista que no sabe negociar, una etnia futbolera que descarga sus frustraciones personales en un grupo de trabajadores que a veces se creen dioses.
Esta mezcla casi exacta de intolerancia, viveza criolla, falta de compromiso y egoísmo son los pilares de una Argentina insólita desde cualquier punto desde donde se la mire y el lastre con el que hay que convivir e impide configurar una nación digna. En la cual no se produzcan alimentos para el mundo mientras mueren chicos de hambre. Donde la hipocresía le dé paso a la solidaridad pura, donde se pida perdón de corazón evitando populismos insensatos.
Un país en el cual tenga un poco más de valor el ajeno, el colega, el amigo y el pariente. Donde la cultura del “sálvese quien pueda” le dé paso a un altruismo social que no mire el precio de la soja.
No será difícil cuando el cambio empiece individualmente, en las pequeñas cosas. Cuando los integrantes de un conjunto comienzan a creerse unidos, los resultados aparecen solos.
Pasa en el fútbol. Pasa en la vida.
No es complicado imaginar respetar las filas y evitar el amiguismo para escapar a trámites o evitar putear a un rival en detrimento de alentar a un compañero.
Esa será la semilla de la evolución de una sociedad que pierde por goleada y deja escapar, en forma accidental o intencional, la posibilidad de crecer en serio, al margen de superávits importantes.